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Hoy transcribí religiosamente mi artículo del fin de semana, pero mi máquina se trabó sin misericordia cuantas veces pegué el texto en el explorador. Así pues, cual señal divina lo interpreté y he decidio intentar otra cosa. Hoy les presento a Mariana, de quien antes les había hablado.
La gracia celestial (en forma de ayuda de una amiga, única lectora) me asistió por fin y he podido postear la foto tan anunciada.
Al percas lo conocí lleno de cemento en CEMEX-Huichapan, creo que había ido a revisar algo al envase y uno queda empanizado si se atreve a pararse siquiera cerca del envase en una planta cementera. Me cayó bien pero me olvidé de él casi de inmediato que salimos de ahí. Tuve noticias suyas a través de Fabricio, que estuvo en un proyecto en Huichapan trabajando con él. Cuando Fabricio salió de DCI lo volví a olvidar.
Tiempo después lo encontré en Plaza del parque, con su novia al brazo. Saludos y todo y adiós.
Unos años después me enteré de que vendría a trabajar a DCI. Expectativa. Total que llegó, saludos y todo y a trabajar. Cotorreamos un par de veces y recordé que me simpatizaba, de manera que empezamos a hacernos cuates. Salimos a tomar unas cheves, a comer a veces y hemos acabado contándonos uno que otro cuento chino sobre los viejos tiempos. Es muy competitivo, el trabajo se lo toma a pecho y es capaz de no dormir si tiene un pendiente que le apure, a diferencia de miguel (irresponsable) que muchas veces me vale madre si algo no jala. Es buena persona, descendiente otomí como mi abuela materna, a veces nos dicen que parecemos hermanos, lo cual me parece absurdo aunque tengamos la misma altura, casi la misma complexión (yo soy más gordo) y ambos usemos gafas de lejos.
Percas es el culpable de que me haya metido a la escalada. Cuando trato de explicar porqué me gusta me doy cuenta de que la palabra no se me da. Algo debe haber con un miedo dominado que te hace sentir poderoso.
Y nada, que hemos ido a escalar algunas veces y mi graduación de principiante fué subir a ventanas (Sierra de Hidalgo, cerca de Pachuca) un domingo de otoño. Pelos y nudo en la garganta (y el asterisco) y ganas de bajar pero ahora me chingo por andar de hocicón y temblorina como si estuviera helando pero ándele ¿no que se la pelaba? y ganas de orinar pero ahora hasta que bajemos y ganas de gritar de terror pero para que se le quite lo valiente y paralizarse en la saliente porque vi para abajo pero por pendejo, para que volteas y ya mero llegamos pero está bien pinche lejos y ya nomás unos 200 mts puta madre pues cuánto es y ya estamos arriba y sonrisas y felicitaciones y abrazos. A huevo! Me la peló ésta pendejada! Soy una pistola.
Éstos momentos que arriba recordé, se los debo en mucho al Percas, no se si un día podré hacer por él algo para pagarle o corresponderle, espero que sí.
Luego de algunos años de caliente y desmadroso, conoció a Lety, comprendió que su lugar estaba a su lado y ha renunciado a las cosas que más le excitaban (no del modo que están pensando) para correr la aventura de su vida junto a ella. No hay hijos por ahora pero no está dicha la última palabra. Lety es literalmente la otra mitad de Felipe, la parte de la paciencia, de lo apacible, del futuro. No podían estar con alguien más a modo.
Se conocieron en un antro. Fabricio era mudo y pasó la noche sin decir palabra. Ignoro los detalles pero terminaron jurando amarse un atardecer padrísimo, descalzos y rodeados de amigos. ¿Que más se puede pedir? Un hijo. Claro, Fabito es consentido de los abuelos tanto como de los padres, adorado por todos. Está enorme y empezando a hablar, hace buen rato que camina y eso marcó el inicio de la carrera maratónica de Ana, que debe alcanzar al mocoso antes de que rompa algo, se caiga, o me saque los ojos con un cuchillo (sin filo). Me espanta el rumor de que los niños en cierta medida son sabios. Fabricio también corre tras él, pero como todo padre, tiene menos paciencia y termina echándole la bolita a Analín, que a regañadientes y todo persigue a Fabito para regresar con una sonrisa de orgullo-satisfacción que no le cabe.
A Fabricio lo conocí cunado era un escuincle caguengue en el Tec, extrovertido como siempre (para escapar de la timidez, como siempre) empezó haciendo migas con todos, pero pronto casi todos le sonreían de frente y le sacaban la lengua por la espalda (por decir lo menos) pues los que no creían que era joto, creían que era un fresa mamón -la verdad, muchas veces si lo era-, cada viernes se pintaba las últimas clases para correr a casa, a los amigos de siempre, al Guanajuato's grill y a la novia. Solo algunos tuvimos la suerte de conocer bien a Fabricio y nos hicimos amigos de él. Salió antes que yo del Tec y empezó la maestría, entró a trabajar a DCI y después me avisó a mi, de manera que terminé yo también trabajando para Rafita. Se fué a Trabajar para HELLER, que lo llevó de paseo a través del mundo y cuando se cansó de ver otros países, otras culturas, otra gente, de hacer cosas nuevas, de conocer lugares de asombro y reconocer su país y su gente, regresó a su tierra. Cuando se dió cuenta, el tiempo había pasado y no le quedó más remedio que madurar (un poco) y seguimos siendo amigos, de esa clase de amigos que tienes, los cuales sabes que serán siempre amigos aunque no los veas, y cuando los veas todo será celebrar y reír y chelear y ser amigos.
El pollito es mi ahijado (no tiene la culpa el indio, sino el que me hizo compadre), tiene una memoria que ya quisiera yo y una sonrisa que seguramente arrancará suspiros dentro de pocos años. Sus padres: Lidia y Mario Alberto (el piolo) son grandes amigos míos, somos amigos desde que recuerdo. Me conmueve su preocupación por el bienestar de quien esto escribe, aunque la verdad no hace falta.
Al Piolo lo conocí en el cobach. La verdad es que al principio como que nos caíamos mal. Nada que no puedan solucionar 3 caguamas, que vieron su fin la primer vez que pasé por su casa. Luego vimos que nos gustaban las mismas cosas (mujeres y cervezas) y nos volvimos cuatísimos, corrimos algunas aventuras que no contaré en esta ocasión y casi nos hicimos carnales. Se fué al DF, yo me quedé, regresó y conoció a Lidia mi comadre, con la cual comparto otras tantas (y a la vez las mismas) cosas, la primera: El gusto por la lectura. No seguiré numerándolas para evitar omisiones. La cosa es que nos estimamos desde siempre. Se casaron, nació el pollito, quien es de seguro la mejor sorpresa de sus vidas y así fué como acabé en el templo de La Congregación un Domingo a las 12:00 en la fila de confirmaciones. Si seré bestia. Olvidé por completo llevar lana y no nos tomamos ni una triste foto. Quizá fué lo mejor, no soy fotogénico y después de soplarse 1 hora bajo el sol queretano no estás que digamos listo para la foto, Aún así lo lamento porque no tengo una foto del pollito para aquí ni para llevar. Casi no hablo de él porque lo mejor del pollito está por venir. Veremos y gozaremos.
Mariana es mi sobrina la menor, apenas cuenta con 6 meses, pero se ha vuelto el centro de atención cuando llega a cualquier lugar. Hoy me ha dado especial gozo regalándome una sonrisa, de las que nunca deberíamos perder: Llena de inocencia y con una transparencia que de repente es intolerable. La quiero mucho y me cuesta trabajo verla irse. Hay que aprovecharla, pronto crecerá (o no).